Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (17)-

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La primera vez que oí a una persona mencionar el nombre del bandolero Hurtado fue también la primera vez que pisé el asombroso jardín de mi suegra Josefina Arreaza de Sosa descubriendo detrás de los altos mangos y palmeras una estupenda casa cruceña de antaño que mi suegro don Hugo Sosa había construido muchas décadas atrás. Llegué no sin cansancio a ese lugar idílico a finales del lejano 2004 tras un largo viaje de Roma a Santa Cruz de la Sierra con escala en Buenos Aires. Mi esposa Emma Josefina Sosa Arreaza y yo vivíamos en aquella época en Italia, en el litoral romano de Nettuno, y ya estábamos casados desde hacía varios años. Sin embargo, aún no había encontrado a mis suegros. Bueno, el primer día de mi primera vacación en Santa Cruz de la Sierra entré al jardín de ensueño, sobre la perenne avenida La Barranca, cuando vi a un señor mayor, tan elegante como enérgico, acercarse a mí exclamando: “¡Increíble! ¡Usted se parece como dos gotas de agua al Gringo Kübert!”. Le pregunté a aquel hombre vertical (quien, por supuesto, resultó ser mi suegro) quién era el “Gringo Kübert” y don Hugo me contestó no sin aplomo que se trataba de “una de las tantas víctimas mortales del bandolero Hurtado”.
   Pasaron muchos años desde mi primer encuentro con don Hugo Sosa y mi primer impacto con la leyenda de Hurtado. Gracias al éxito de aquella vacación nos venimos definitivamente desde el encantador pero caro burgo medieval de Nettuno al sencillo pero inigualable barrio El Trompillo. Pasó mucha agua bajo el puente, muchas cosas cambiaron, pero mi suegro sigue igual. Parece ser de otra estirpe, el último de los eternos…
   —¿Papá Hugo? Quiero preguntarte algo importante —anuncia nuestro hijito Sebastián quien, como todos los nietos de mi suegro, no le dice “abuelo” sino “papá Hugo”, una cosa que puede parecer patriarcal pero en realidad  es sólo una auténtica muestra de cariño infantil y nada más.
   Estamos en el comedor de la casa de mis suegros. Acabamos de recoger a Sebastián del colegio.
   —¿Papá Hugo? —repite nuestro hijito—. Vos fuiste niño también, ¿no es cierto? Y a vos de niño te gustaba dibujar, ¿no es cierto? Y en tu colegio de niño te daban mucha tarea, ¿no es cierto?
   —Mi respuesta es tres veces sí —dice don Hugo con una envidiable paciencia que yo nunca he tenido—. ¿Qué querés saber más de mí de cuando era niño? Continuará.

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