Santa Cruz de la Sierra

La pared

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Tapo a mi hijito Sebastián. Seguimos con fiebre los dos. Sebastián me dice: “Estoy mareado”. Yo digo: “Yo también. Estoy con náuseas. Es por la fiebre”. Mi hijito niega con la cabeza, diciendo: “No estoy con náuseas. Estoy mareado y no es por la fiebre. Es por la pared”. Repito: “¿La pared? No te entiendo”. Sebastián ordena: “Tocá mis manos, papá”. Lo hago y constato que las manos de mi hijito están mojadas. “La fiebre te hace sudar hasta en las palmas de las manos”, digo. Sebastián dice: “No es sudor, papá. Y no tiene nada que ver con la fiebre. ¿Sabés que mis manos y mis pies pican tanto? Tocá mis pies también”. Lo hago y constato que los pies de mi hijito están tan mojados como sus manos. Sebastián comenta: “Mojé mis manos y mis pies antes de trepar por la pared”. Repito: “¿La pared? Sigo sin entenderte”. Mi hijito suspira y cuenta: “Hoy en la tarde jugué con mi primo Sergito. Él me dijo que quería entrar a otro mundo. Entonces, me propuso armar un portal que nos llevara a un universo paralelo”. Lo interrumpo, preguntando: “¿Qué saben ustedes de portales y universos paralelos? Sergito tiene seis años y vos siete”. Mi hijito suspira de nuevo. Explica: “Nosotros sabemos mucho más que vos sobre portales y universos paralelos, porque es nuestro juego favorito. Vos no jugás nunca”. Protesto: “A mí me gusta todo tipo de juego. Sé que es muy importante seguir jugando en la vida. No importa la edad, hay que jugar hasta la tumba”. Sebastián prosigue: “Bueno, Sergito formó un círculo con Jerry, mi serpiente de goma. Y adentro puso piezas de Lego. Pero el portal no funcionó. No nos llevó a ningún lugar nuevo. Entonces, probamos otro truco. Nos bañamos hasta que la piel de nuestras manos y pies se puso arrugada y luego fuimos a la pared afuera, la pared del jardín de la abuela Josefina”. Vuelvo a interrumpirlo, preguntando: “¿Ustedes fueron al jardín de la abuela Josefina desnudos?”. Mi hijito dice no sin aplomo: “Claro. Hay que estar desnudo, con las manos y pies mojados. Sólo así funciona el truco”. Indago: ¿Acaso ustedes caminaban en la pared, como dos lagartijas?”. Sebastián exulta: “¡Sííí, papá! ¡Es muy divertido! Caminamos durante más de una hora en la pared y nadie nos vio. Te vimos a vos en el jardín. Estabas leyendo. Gritamos todo el tiempo, pero no nos notaste. ¿Sabés por qué? Porque nosotros estábamos en otro mundo. Caminamos en la pared, desnudos. Pero ahora estoy mareado. Y mis manos y mis pies pican tanto. ¿Ahora me entendés?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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