Santa Cruz de la Sierra

La receta (V)

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El cineasta Tony Peredo pasa la botella de Campari al conde Negroni, quien la abre y la olfatea. “Huele rico. No está vencido”, constata el conde. “Lógico. Sería imposible porque viene del futuro, o del porvenir, como prefiere usted”, dice Tony. El conde se dirige a mí: “A propósito del porvenir, don Allart Hoekzema Nieboer, usted en el otoño italiano de este año, 1996, verá por primera vez aquí en este mismo bar a su futura esposa, doña Emma Josefina Sosa Arreaza. Por eso tiene que conservar muy bien el vino tinto que acabo de regalarle. ¿Me entiende?” El barman Alessandro Frati dice: “Enfrié los vasos.” El conde Negroni pregunta: “¿Colaste el agua del hielo con el ‘strainer’?” El barman dice que sí. “Menos mal, porque un Negroni aguado inspira tristeza”, observa el conde. “¿Quién va a mezclar los ingredientes de la receta, usted o yo?” pregunta Alessandro. “Usted sabe que lo considero el mejor barman de todos los tiempos, pero esta vez quiero hacerlo yo. Y lo voy a hacer con el Campari brasileño que nos trajo el joven cineasta de Bolivia”, anuncia el conde. El barman se aparta para dejar pasar a Camillo Negroni y Tony Peredo detrás de la barra. Luego dice: “Damas y caballeros, un gran aplauso por favor para el hombre que inventó el famoso cóctel Negroni.” En tanto que el conde agarra las botellas de gin y vermut, Alessandro Frati me dice: “Siempre le encomiendo al conde no beber más de veinte Negronis al día.” Yo agarro una botella de ginebra holandesa y digo: “Si quieren, pueden prepararnos un Dutch Negroni, la variante de mi país.” El conde Camillo Negroni me mira ofendido. “Ragazzo mio, no todo vale en la coctelería. Para un buen Negroni, no sirve la ginebra holandesa. Es aún peor que la ginebra argentina”, sentencia. De pronto me siento desorientado. El nombre de una marca de gin de la provincia de Buenos Aires resuena en mi mente: Hiram Walker, Hiram Walker, Hiram Walker, Hiram Walker…
“Quiero viajar con ustedes al restaurante ‘El Toborochi’. Por eso preparé tres tragos”, dice el conde Negroni a Tony y a mí. Yo le digo al conde: “Espere. No hagamos todavía el brindis. Quisiera quedarme un ratito más en Siena. Recién me doy cuenta de que todo este mundo maravilloso lo extraño muchísimo. Voy a viajar con ustedes a condición de que podamos volver a la Plaza del Campo cuando queramos. Por favor, querido conde, denos la receta exacta. La necesitamos.”

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